La estúpida historia de un chico aún más estúpido Pt. 1
Estupidez: Torpeza y lentitud notable al entender o ejercer cosas.
Es gracioso cómo una palabra puede resultar tan importante en la vida de alguien. Una simple palabra puede terminar siendo el eje por el cual toda tu vida ha girado (o gira), es algo que no muchos homo sapiens sapiens (incluyéndome) puedan comprender. Bueno, ok, dejo los formalismos y los clichés para otra oportunidad, los dejo. Supongo que quieren que vaya al grano ¿no?
¿Mi nombre? Mi nombre no interesa. En serio, no es importante. Mi nombre es tan o más estúpido que la historia que les voy a contar, no hay necesidad de humillarme más ¿verdad? Ahora, por favor, dejenme contarles.
Todo comenzó cuando yo tenía 15 años, vivía en una pequeña ciudad al Noreste de San Francisco, llamada Hércules (¿Estúpido, no es así?). Era una ciudad pequeña, donde las únicas atracciones consistían de: Un Starbucks, un McDonalds, un Jack in the Box, un JC Penny y un KFC, además de varias tiendas privadas. Mi casa quedaba a cerca de 10 minutos a pie del Downtown de la ciudad, en una calle llamada Common Street (De nuevo, ¿Estúpido, verdad?). En mi casa, que era estúpidamente pequeña, vivían mi estúpido padre y mi estúpida madre. Ellos dormían en un cuarto juntos, mientras que en el otro dormía yo con mi hermana. (¿Qué clase de estúpida división es esa?). Como había dicho, la casa era estúpidamente pequeña, así que esta solo era conformada por los dos cuartos, un comedor, sala y cocina.
Mi padre era -y lo digo sin pelos en la lengua- un estúpido americano más. Lo único que hacía por la vida era: Salir temprano a trabajar, dejar a sus dos hijos a la escuela, luego, en la noche, regresar, comer y dormir. Ni siquiera salía los fines de semana con mi madre, ni veía televisión (¡NO VEÍA TELEVISIÓN!), ni usaba la computadora, ni menos tenía Facebook, alegando que de ninguna manera querría encontrarse con sus amigos de la Secundaria. El hombre -perdón, mi padre- era la persona más aburrida (y estúpida) que he conocido. En serio, si me hubiera enterado, por casualidad, que andaba teniendo sexo con la vecina o que tenía una aventura con su secretaria hubiera sido, sin duda alguna, el hijo más feliz del mundo. ¡Lo hubiera sido inclusive si mi padre hubiera tenido una vida sexual activa con mi madre! Lastimosamente, eso nunca sucedió, mi padre fue, es y será un estúpido aburrido que lee, come y duerme en sus ratos libres. Nada fuera de lo común, nada excitante ni extravagante.
Mi madre, por otro lado, no era nada aburrida. Pero, como si fuera una especie de castigo divino, no dejaba de ser una estúpida innata. La mujer se quedaba todo el maldito día en la casa lavando, fregando, limpiando, ordenando, cocinando pero, a diferencia de mi padre, ella si salía los fines de semana con su grupo de lectura o con las chicas de su clase de yoga. Al menos mi madre vivía un poco más la vida que mi padre, recuerda haberla visto masturbándose un día en su cuarto, imagen que hasta el día de hoy me causa nauseas. Pero que más da, mi madre hacía cosas un tanto más... divertidas. Sin embargo, como dije antes, era estúpida. Cuando salía con sus amigas, normalmente dejaba la estufa prendida, causando uno que otro pequeño incendio en la cocina, fácilmente controlados por mi hermana y yo. Otra notable estupidez era sin duda cuando colocaba las sabanas rosadas (Especiales para mi hermana) en mi cama. Recuerdo que fue burla eterna cuando un amigo llegó a mi casa y vio aquello. Luego, obviamente, lo publicó por todo el colegio y mi reputación cayó al piso. Pero, si tuviera que elegir la mayor estupidez, sería cuando tomaba el auto y manejaba. Era un desastre, no servía, simplemente la estupidez no la dejaba. Así era (o es) mi madre, vivía un poco más, pero era igual o más estúpida que mi padre.
Ahora, mi hermana. ¿Qué? ¿Es hora de comer? Ah, perfecto... tenía hambre.
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